No,
esto no va del video de Enrique Iglesias y su polémica, en la que echo mucho de
menos que alguien en sus cabales… Echo de menos a alguien en sus cabales.
Punto. No, decía que echo de menos que no diga nadie alto y claro que el video,
haya costado lo que haya costado, tenga la repercusión que tenga, y se haya debido
dejar rodar o no en Carboeiro, es ante todo una inmensa hor-te-ra-da machista.
A mí es lo único que me molesta. Pero me molesta mucho.
No,
lo de la noche loca es por si cualquier sábado os aburrís y os pilla cerquita
de Lalín. Os ofrezco una alternativa barata y pública: la carretera nacional a
Santiago. La diversión, además, va por cuenta de unos señores funcionarios del
Estado. Ahí es nada.
Os
pongo en situación. Venía yo todavía traumatizado por el reciente impacto
canino sufrido en la autopista Lalín-Santiago, que me dije –yo soy mucho de
hablarme, aunque parezca de natural recatado- “Veña, imos por Nacional”. Y
héteme ahí que me cojo la susodicha, atravesando primero la linda aldea llamada
Prado, y debo hacer otro inciso para los que sois de fuera: en gallego, Prado
viene a significar algo así como un lugar verde donde pacen las vacas y otros
animales de granja, sé que resulta inconcebible que se llame así a eso, pero yo
no me invento los idiomas. Si queréis que os lo diga en kazajo, me mandáis al
Kazajo. Mientras, a aguantarse. Pues eso, que iba yo atravesando Prado y
dejándolo en lontananza y ya me venía arriba con el fulgor verdescente del luar
galaico, el paisaje lleno de hórreos y vides y prados y más prados y castiñeiros
y xestas y toxos y froles, que me estaba yo ya poniendo sentimental y a puntito
de iniciar una égloga galaica o una cantiga de amigo, cuando tras una curva,
zas y en toda la boca: pirulo verde.
-Boa
noite. Control de alcoholemia.
Hala,
en gallego. Mira tú el cuerpo represor. El franquismo ya no es lo que era.
-Bebeu
algo?
-Nop.
-¿Nada
de nada?
-Nadiña.
-Tomou
drogas?
Y
ahí estuve a punto de explicarle que, sin duda alguna, el paracetamol había
influido de tal forma en mi torrente sanguíneo que me estaba dando un subidón
nacionalista que te cagas, acrecentado porque el otrora cuerpo perseguidor de
la lengua vernácula se estaba dirigiendo a mí en la susodicha, y estuve a punto
de proponerle montar una ópera en la que él interpretase el papel de Castelao y
yo el de Rosalía, y acabase el Cuerpo de la Guardia Civil reprimiendo a los
castellanohablantes como una metáfora de lo volátil que es la tortilla, que se
da la vuelta sobre sí misma, pero hacía un frío de pelotas (siempre hace un
frío de pelotas en Lalín) y no me parecía el momento ni el lugar para exponer
la idea al hombre de mi vida.
Luego,
en una décima de segundo, estuve a punto de explicarle que yo drogas, más bien
poco, que los porros me duermen (de buen rollito, eso sí), la única vez que
probé un canuto de farlopa me encaramé a la torre de la Berenguela a
dentelladas de la taquicardia que me dio, y que va voy viejo para speeds,
cristalitos y demás mandingas, pero me daba que meu picoletiño te andaba también
en la crisis de los 40, y no era plan de acabar los dos acodados en cualquier
tabernorra recordando tiempos mejores. Estaba de subidón nacionalista, y los
subidones nacionalistas no entienden de nuevas amistades. Así que, por una vez
políticamente correcto, contesté:
-Hai
ben tempo que non cometo excesos, axente.
-Pois
continúe. Amodiño, que hai xeo. [¡Nos ha jodido! ¡¿Cuándo no hay hielo en
Lalín?!]
-Boa
noite. E bo servizo. [¡A mí a amable y demagógico no me gana nadie!]
-Igualmente.
Grazas.
Hala:
¡Grazas! Así, en perfecto normativo. Con toda su zeta. Fuera de la TVG, es el
único gallego al que se lo he oído. No hay como poner al frente del Ministerio
del Interior a un tipo que parece recién salido de una escuela del Movimiento
Nacional, para que los picoletos de a pie parezcan miembros de la Real Academia
Galega. Viva la Benemérita, coño. Se sienten, coño… Ay, no…
Después
de aquella experiencia religiosa, los prados (ya sabéis, en gallego eso en lo
que pastan las vacas, blablablá), los hórreos, las lameiras, las carballeiras,
los picheles y hasta una gaita apoyada en un quicio –no sé si fruto de mi
imaginación, es decir, del exceso de paracetamol-, tomaron sentido renovado y
resplandecieron aún más en su majestuoso porte, a tal extremo que estaba a punto
de componer aquella cantiga de amigo que tenía pendiente, y me empezaban a
brotar de las manos las uñas de arpista de Emilio Cao, la tristeza indómita de
Amancio Prada (anda, ¿qué será prada?), y hasta los millones de dólares de
Julio Iglesias, tal era el ataque de Galeguidade que me estaba dando, que ya me
veía en cualquier momento parando a mi viejo amigo Ka y haciendo como el Papa
Botija, que besaba cada suelo que pisaba, aunque rechacé la idea porque a mí me
hubiese salido una versión mucho más cutre. Si no porno. Que lo mismo da. E
ademais había xeo, como muy bien advirtió meu picoletiño.
Y
ahí seguía yo, derivando rectas hacia una pertenencia nueva a la tierra que me
vio nacer, bailando curvas al descubrimiento de la profundidad y mismidad de lo
galaico, exaltando los valores patrios y llorando la ausencia de los próceres
de la nación, y tan ahíto de identidad propia estaba que ya sopesaba la idea de
pasar a integrar las filas de Resistencia Gale… Zas. Pirulo verde.
Y
me dije a mí mismo (y en este caso porque no tenía a nadie más a quien
decírselo): ¡¡Qué eficacia la de la Guardia Civil!! En su ejemplar línea de
erradicación del último grupo terrorista de la Unión Europea –a Galicia llega
tarde hasta la estupidez-, te vigilan incluso cuando simplemente sopesas, ahíto
de identidad propia, pasar a integrar sus filas. ¡Qué ejemplo para todos los
cuerpos de seguridad del mundo! ¡Qué pundonor, qué gloria, qué ostias!
-Buenas
noches. Control de seguridad ciudadana.
Huy.
Castellano. Éste fijo que no es colega del otro. Mal rollito.
-Documentación
del vehículo, DNI y carné de conducir.
Y
a partir de ahí, se desmoronó mi imagen del cuerpo. Quiero decir, del cuerpo de
la Guardia Civil, el paracetamol no da para tanto. Se me indicó de malas
maneras que uno de los papeles no correspondía, “cierto, agente, es la ITV de
la moto, ahora busco la del coche”, se me recomendó de muy malas maneras que
hiciese movimientos lentos dentro del vehículo mientras otro picoleto con un
reflector reciclado de Auschwitz iluminaba mi cara, se me obligó de malas
maneras a abrir el capó y orillarme hasta la acera para que inspeccionasen a
fondo la rueda de repuesto y ¡¡el gato del coche!! (miau), que es lo único que
había en ese microdesierto que es el maletero de mi Ka, y se me hizo esperar de
muy malas maneras una eternidad para que el primer agente comprobase los datos
en la patrulla, mientras el de Auschwitz no me sacaba los ojos de encima.
Prometí no volver a pensar en pasar a integrar las filas de Resistencia Gale…
-Puede
continuar.
Y
no pude reprimirme, porque soy de natural lenguaraz:
-Nin
un verso de Rosalía, nin nada?
Imaginaos
una cara de ‘no entiendo nada’. Multiplicadla por quince. Aplicadla a un
uniforme de la Guardia Civil. Fue mi última visión de aquel tipo al que un gato
de coche (miaaaaau) le parecía un arma de destrucción masiva de última
generación. Estábamos ya en Lestedo, en cuyas casas es evidente que ya no se
hacen las ricas tartas de queso, sino que se elucubran ataques a la catedral de
Santiago, y es el epicentro moderno de la yihad que pretende hacernos la
capital verde del Al Andalus.
Dos
cosas os digo.
Una.
Cada día me cago más en la seguridad ciudadana. La seguridad ciudadana no puede
hacer que te sientas un delincuente cuando no lo eres.
Y
dos. Si un sábado os aburrís, coged la N-525. La autopista, además de cara, es
aburridísima.
Pero
amodiño, que hai xeo ;)
Non vos engaño: haivos picoletiños ben juapos :D

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