Como me gusta cumplir mi palabra, aprovecho
los últimos minutos del día para rendir prometido tributo a Kim Bassinger, ut
dicebamus heri. Una señora que, por la pasta que ganó, debe andar bien dotada
de tributos, y desde luego de atributos. Lo cual me recuerda que ya de
pequeñito (fui pequeñito, lo prometo, algún día os lo demostraré) me parecía
una guarrada lo del “atributo”, máxime cuando se le relacionaba necesariamente
con un sujeto a través de verbo copulativo. Ahí es nada. O sea, a mí me parecía
que el atributo era el sujetador de la cópula, y si la cosa iba de subordinadas
y yuxtapuestas, os podéis imaginar el calentón del chavalito aquel de 7º de
EGB, y por qué sacaba sobresalientes en Lengua (con minúscula vino más tarde), y
por qué me ha venido a la memoria hablando de Kim. Que para vosotros será la Bassinger,
pero a mí, de tanto colárseme en sueños, pues ya le tengo confianza. Ella a mí
no. No me extraña.
El caso es que Kim y yo tenemos muchísimo en
común. Rubias y con pelo largo, pero sobre todo compartimos un culo y unas
pectorales de escándalo: véase la primera entrada de este blog, o sea, el blog
first post, yeah, que lo demuestra sin potochó ni nada. A Kim le tocó hacer de
prota femenina (y por tanto se llevaba la peor parte, claro), en un filme que
en su momento, 1986, fue un escandalazo que te cagas, que rasgó las vestiduras
de medio mundo occidental y tres cuartos del oriental, que supuso mil y una
condenas morales… y que hoy se emitiría sin problema en el horario de parvulario para 0 a 3 años. Lo censurarían en cualquier otra franja por
peli ñoña.
De aquel videoclip publicitario de los
ojitos de Rourke y de las partes en las que competimos Kim y yo (pectorales y
culo), de hora y media larga de duración para mayor gloria de Joe Cocker, pero
que parecía que duraba realmente nueve semanas y media de lo laaaaaaaargo que se hacía
(o al menos eso deduje yo de los constantes movimientos masculinos en las
butacas), pues me quedo con la escena final. Yo soy así de raro. Qué cubito de hielo ni qué leches.
Qué escena de la nevera ni qué flores ni qué you can leave your heat on. La
escena final.
En la que el Rourke acaba diciéndole ‘te
amo’ a una puerta, mientras la rubia (y por tanto tonta) se le larga y le deja
con un palmo de narices al chulito de ojitos y sonrisita y pasta (también de dientes, y blanqueadora, fijo) a mansalva.
Sí, señora, Kim, di que sí. Rubia, tonta, y güenorra. Y perdedora. Pero pierdes
hasta cuándo, dónde, y con quién te dé la gana.
Y diréis: “Hombre, es una visión muy
peculiar”. Y os diré: “Sí, pero este blog lo escribo yo, ¿qué cojones pasa?” Y
además, siempre he estado con el bando perdedor. Fanático del Celta, lector
omnipresente y hooligan de Iván Rodríguez y su magnífico blog, y
sempiterno amante en la sombra (por la noche hay sombra en mi habitación) de mi competidora de culo y pectorales. Así que viva la Kim y la madre que la parió. Y al
Rourke, que le ame la puerta.
Por la cosa esa de las leyes y los
autores y las cacas varias que protegen los derechos de las multinacionales
(de nadie más, que no os engañen), espero que no me enchironen por enlazaros
esta página americana en la que vierten la peli entera, que escucharla
subtitulada al panchito da una risión que te cagas. A partir del minuto 106 se
ve la escena final a la que me refiero:
Si vais de intelectuales cumplidores de
la Ley y preferís ver sólo la escena, en original, sus enlazo el Yotube
Y si pasáis de verla, que no me extraña,
pues os dejo el desnudo del día, que no podía ser otro que el de Iván, que se
coló en el rodaje :D
Y puede que la cara sea de Iván. Pero
quede claro: el culo es el mío.

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