Hay un tipo que acaba de subir al cielo y
que, nada más llegar, ha puesto una reclamación a San Pedro. Primero, por no
perder su costumbre de defender los derechos de los consumidores (“¡¡y usuarios,
aunque no consuman!!”, le oigo gritar), y segundo porque habrá descubierto seis
o siete normativas de calidad que se incumplen. Por ahora sólo eso, que todavía
no le han dejado revisar los contratos del personal. Y espérate que no se
descubra que el cielo está en la Unión Europea, que los europeos somos muy de
asumir marrones que te cagas aunque parte del territorio lo tengamos okupado
desde el 73. ¿Que no? Mirad, mirad un mapa de la supuesta República de Chipre y
ved como en un tercio de su territorio no hay más ley que la que marcan unas autoridades
locales que nadie en el puto mundo reconoce. Ya, no se les reconoce pero ahí están,
desde el 73, y lo que te rondaré morena. Ay, Europiña, qué tonta que me eres.
Pero tonta, tonta. Y creída. No daré nombres. Ejem (¿Estaba hablando de Europa,
verdad?)
El fulano en cuestión es un tipo que dio
la lata a las autoridades todo lo que pudo en vida, y que le va a joder la
existencia a los ángeles custodios, a los ángeles caídos, a los ángeles de la
guardia, a los ángeles de San Rafael, a los Ángeles de California, y a los
ángeles de Charlie. Que de tanta lata que les va a dar, los ángeles volverán a
tener sexo. A ver si así les deja en paz un ratito. Mira, ángeles con sexo. Otro
motivo para agradecer a Juan Carlos Ulla que se me haya adelantado unos añitos.
Porque un cielo asexuado… A ver… No me quiero poner exigente, pero como que no.
Juan Carlos Ulla era un tipo todoterreno
que, como buen todoterreno, le iba el monte y el mar y los caminos y los
senderos y lo que le echasen por delante, porque se dedicó a exprimir cada
segundo de ese don que aún no hemos aprendido a valorar y que se llama tiempo. Tiempo
para amar, tiempo para observar, tiempo para construir, y tiempo para
compartir. Y si puede ser todo junto, pues mucho mejor. Que nos perdemos en
estupideces cotidianas y olvidamos que cada átomo de tiempo (técnicamente
llamado ‘segundo’, debe de ser porque ya nadie se acuerda de cuándo fue el
primero) es uno menos que nos queda de aliento. Y como si supiera que la iba a
palmar pronto, mi amigo se dedicó a vivir todo lo que le dejaron. Y cuando no
le dejaban, reclamación.
Así que hoy no os hago perder más átomos valiosos. Si queréis adelgazar átomos en general, pagad un gimnasio, rácanos. Y si queréis perder átomos de tiempo, veis la tele: así, de paso, puede que lleguéis a perder neuronas y os convirtáis en rubias. Por cierto que eso me recuerda que le debo un homenaje a Kim Bassinger, mañana mismo sin falta (me refiero a homenaje literario, porque hace tiempo que no la llamo y lo mismo se extraña si le pido un homenaje).
Me vais a perdonar este pinchazo en la
tercera entrega. Hoy no me sale nada mejor porque la ausencia de un amigo
duele, daña, araña y pesa, piedra, papel y tijera, y porque le debía un cántico,
un panegírico, una égloga… y una reclamación. Ah. Ahora que lo recuerdo. También
le debía 45.000 euros, pero eso es tontería.
Prepárate, San Pedro. Te vas a cagar.
(In memoriam)

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